En los días en los que la calma brillaba por su ausencia solía acordarme de él. Eran esos días en los que el ajetreo de la vida moderna nos transporta a una espiral bulliciosa que nos roba continuamente el tiempo. Y lo peor es que esos días, por desgracia eran los más comunes.
Así que me encontraba de nuevo en ese vagón de metro, completamente atestado de muestrarios de colonia y reggeatón de mercadillo. Y de nuevo, refugiado en la jaula intangible de plexiglas y ectoplasma que generaba mi siempre fiel Charly, que era como llamaba a mi viejo MP3, volvía a acordarme de él, y de cuanto lo echaba de menos.
Nunca supe cuando lo perdí. En qué preciso instante de la vorágine triste y destructiva a la que me sometí. Pero una cosa tenía clara. El equipaje de mi rutina había volado libre, dejándome en la estacada.
Desde entonces, todos los aeropuertos eran brazos cansados y las estaciones de tren retazos de películas de cine ucraniano independiente. De esas en las que directores sesudos de nombres impronunciables mantienen en cuadro una mesita de noche durante 45 minutos con el único fin de no decir nada, excepto para esos adalides cinéfagos del gafapastismo ilustrado y las vanguardias horteras. Desde entonces las carreteras secundarias se convirtieron en medio para llegar a alguna parte olvidándose de ser el fin en sí mismas. Los paseos de madrugada por esos bulevares repletos de lo más divertido de la sociedad, putas animosas, borrachos sin escrúpulos, homeless lampiños y poetas en busca de la inspiración se convirtieron en calles desiertas en las que el eco de pisadas anónimas y grises retumbaba ensordecedor incluso sin aire.
Sin el equipaje de mi rutina me convertí en la parte muerta del gato de Schrödinger. En esa vibración eterna de una cuerda que no va a ninguna parte mas que a un nudo gordiano sin espadas de por medio. Era, en definitiva, un todo sin partes, igual de insulso y aburrido. Había trascendido los límites de la vulgaridad hasta convertirme en parte de esa muerte aparente que nos alcanza al convertirnos en rebaño y que nos atenaza el alma [o la ínfima porción que nos debería quedar de ella a esas alturas] con la mano firme de los viejos titanes griegos.
Y sin embargo, apoyado en un cartel con un estracto de un libro infumable de esos que gustan catalogar como clásicos, me di cuenta entre estación y estación que realmente no perdí mi equipaje. Que la causa de mi ostracismo psicosocial, de mi aberrante condición de ser cotidiano fue una despiadada carterista azabache que me hizo convertirme en un extraño y se quedó con mis rutinas.
Y fue al bajar del vagón, en una parada que no era la mía, cuando tras suspirar sintiéndome más derrotado que nunca me pareció escuchar una risa tímida y deliciosa que escondía al ser más despiadado del mundo.
