Horas antes, el mundo no parecía atento al devenir de ese momento. Para los más de 6000 millones de pobres almas el día era otro más, un capítulo más en esa fiesta continua o en esa guerra diaria contra los elementos. Ese entente pactado entre el aire entrando y saliendo siempre viciado de los pulmones y la muerte que sostenemos en nuestros regazos.
Pero no era un momento cualquiera. Miles de profecías se referían a ese preciso instante. Infinidad de tratados astronómicos avisaban de lo raro que resultaba esa conjunción de cuerpos celestes enfocada hacia la Tierra, hacia la luz. Todas las señales apuntaban a que la humanidad se presentaba ante un punto de inflexión.
Y así tal día como hoy la luz, preñada de obsidiana, se dejó ver para regocijo de todos los que nos hemos podido bañar en ella. Que bonito hubiese sido si todo el mundo hubiese estado mirando. Ese día, esa luz azabache comenzó pícara y deslenguada su travesía en torno a la carne infecta de nuestra especie. Pero la luz, pequeña, generosa y afilada se enroscó perpetua con el verbo y la palabra se hizo digna de ser nombrada.
Tal día como hoy todos los imanes se declararon en huelga al perder de golpe su polaridad. Toda su carga magnética les abandonó y partió risueña y alborozada para imantar a la luz, al verbo, a la niña.
Tal día como hoy sonó un coro de ranas cantando felices y tal día como hoy las musas se hicieron reales.
Y hoy, como aquel día, un lobo aúlla a la luna en mitad de la noche.
