Una vez arrojada la toalla sentía que sólo le quedaba esperar… hasta aquel día.

Días atrás lo había sentido por primera vez. Era una suerte de aire caliente que le reverberaba siempre a la misma hora desde hacía al menos una semana. Todas las noches, durante esas horas en las que los gatos y los asesinos campan a sus anchas, esa sensación se había hecho dueña de lo que fuera que quedaba de él.

Aún sin entender cómo, ese día grasiento y desvencijado se había transformado en una sucesión de huesos, hijas adoptivas abandonadas e historias sin finales concretos y se dio cuenta. Reparó en lo que significaba todo ese gran puzzle de proporciones bíblicas. Volvió a entender por fin que esa brisa cálida no era más que su viejo yo que tras unas casi eternas vacaciones había vuelto con las maletas llenas de historias que contar, cuentos de finales felices que mostrar al mundo e incluso sus ya míticas diatribas sobre princesas desmembradas que conservaba en los más ínfimos recovecos de su mente, allí a donde había desterrado al sádico psicópata adorable de grandes ojos. Como en una gran epifanía, entendió que él no era más que un pizpireto pastelero, espigado y bohemio, que, encerrado en un laboratorio, se afanaba por seguir cocinando tartas renacidas entre fenobarbital y pentotal sódico.

Y así, esa brisa suave y marina brindó en bandeja al mundo una nueva hornada de musas, misantropía, sonrisas y salsa de arándanos. Una hornada que trajo de nuevo el calor a los mustios parpados de aquel que un día perdió la esperanza.