Y vuelta a empezar

Vida

Primero fue un ojo. Triste, pausado y legañoso comenzó a impregnarse de esa dañina y necesaria luz. A continuación el otro ojo, envidioso seguidor, tomó ejemplo y abrió esas compuertas membranosas para recibir a pestaña limpia al sol de la mañana. Como si de un hechizo recién recitado se tratase, la luz hizo que tomara conciencia de que el tacto seguía funcionando, aunque fuera a base de ese entumecimiento general y de esa superficie pulida, dura y, según lo que le contaban sus renqueantes dedos, fría. El redescubrimiento del gusto y el olfato, por otra parte, no pudo ser más desagradable. El olor nauseabundo de sus propios desechos resecos y abandonados por varios días estuvo a punto de hacer surgir el, por desgracia, siempre familiar sabor del vómito. En su lugar, su boca estaba inundada por el tinte metálico de la sangre. Por otra parte, los oídos siempre fueron perezosos. Siguiendo el orden natural de las cosas, su sentido menos desarrollado -más deteriorado sería más correcto- había sido el último en hacer acto de presencia cuando reparó en el bamboleante y somnoliento agitar de la resaca del mar.

Estaba completamente desorientado. Desorientado y encerrado, pues pese a haber recobrado la consciencia comprobó, presa del terror, que se encontraba confinado en un límpido y cristalino ataúd de lo que parecía metacrilato, varado en una isla diminuta y perdida.

 

Cuando el arranque inicial de pánico se fue desvaneciendo comprobó que en realidad no estaba tan encerrado como creía. Un pestillo de cobre se alzaba al nivel de sus hombros enfrentado a un par de bisagras que le ofrecían la posibilidad de salir de aquella prisión de plexiglas.

 

Y fue entonces cuando descubrió que aquella extraña situación no era lo peor que le había pasado. Al retorcerse para liberarse de su captor inerte de dos por uno por uno, una punzada aguda del dolor más lacerante que jamás hubiera sentido partió de su espalda y le atravesó la espina dorsal para explotar en todos los centros nerviosos de su cabeza. Y como esa última e indefensa gota de lluvia que hace que la destrucción absoluta se desate al desbordarse una presa, los recuerdos, los pocos recuerdos que su mente logró retener, le asaltaron como berserkers endemoniados, y se maldijo a sí mismo por tener la sangre caliente y ser tan sumamente estúpido.

 

Y es que debió sospechar cuando la mujer con la que siempre había soñado, la que, pese a todos sus eternos, titánicos y hercúleos esfuerzos, siempre le considero demasiado inferior para ella, le confesó. palabra por palabra, que su cara poblada de cicatrices despertaba en ella un escondido y raro fetiche que hacía que su monte de Venus se convirtiera en la segunda explosión del Krakatoa. Debió haberse dado cuenta entonces de que la vida no te da lo que deseas, al menos no la suya, e imaginarse que acabaría desterrado en una isla abandonado a la muerte, acompañado de cientos de ataúdes de cristal llenos de gente que como él, confiaron en quien no debían y ofrendaron su vida a un bien mayor que acabó por sacar lo mejor de ellas desechando el resto

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