Fuegos de artificio
La noche se negaba a quedarse oscura. Pese a ser avanzada la madrugada, los fuegos artificiales mantenían brillante el aire, retando a esas estrellas que perforaban desde siempre el cielo, y se sabían por un segundo ganadores. Nada deseaba más que cesara el ruido de ese espectáculo decadente de pirotecnia.
Aun así no pudo evitar regocijarse en la ironía de la situación. La gente ilusionada clamando, los niños con las manos en alto intentando cazar esas volutas incandescentes, los amantes intentando que los estallidos de los cohetes coincidieran con esa explosión de placer que provoca el orgasmo. Y él, suspirando porque su corazón había reventado con un espectáculo similar, pero sin niños, sin ilusión, sin sexo despreocupado.
Y como un ejercito de Hoplitas, destinados a morir como individuos triunfando como ejercito, los ramalazos de pólvora y luz seguían combatiendo contra la negrura del cielo y de su interior. Pero lo que fue una victoria fugaz, iluminando con destellos multicolor, hijos bastardos de arcoíris, se convirtió en una derrota épica. De esas sobre las que se escriben canciones y se filman películas que siempre protagoniza Brad Pitt.
Lo que él no sabía en ese instante es que las cosas nunca son como parecen. Si hubiese sabido en ese preciso momento como le iba a recibir el amanecer no hubiese podido evitar sonreír como un viejo pícaro ante el auge y la caída de ese imperio pirotécnico. Lo que le impedía minutos atrás hundirse en su propia miseria, como hacen todos aquellos melancólicos heridos, en realidad había sido sólo el preludio de lo que estaba por venir.
Al irse acercando al alba, cuando su animo ya estaba en sus horas más bajas, la vio. La culpable de que su corazón se hubiese quedado lleno de barro y arena se erguía esbelta al contraluz del amanecer. No podía verle la cara. No por tener el sol a su espalda, sino por lo radiante de esa sonrisa que se le había incrustado en lo más profundo de su alma.
No entendía nada. Horas atrás le había despreciado. Había cogido todas sus ilusiones y con ese porte de Femme Fatale las había destruido. Y sin embargo ahí estaba. Sonriendo sin una pizca de malicia. Delicada en forma pero con el porte de quien habita el Olimpo. No dijo nada, simplemente se acercó a mí y sin dejar de sonreír posó una mano sobre mi mejilla. Lo siguiente que supe fue que sus labios alcanzaron los míos en un torrente de calor y miel.
Al separarnos, acercó su boca a mi oído y me susurró: “Mi dulce Bestia”

¿Por qué será que todas las Femme Fatale tienen ese aire de rompernos con tanta facilidad para luego volver a aparecer con una sonrisa y que todo siga como si nada?
¿Por qué será que me gusta tanto esta entrada? A esta pregunta si puedo responder por aquí: Yo también me he sentido bajo esos fuegos artificiales, buscando a tientas el olor del verano entre la pólvora.
27/01/2012 a las 14:01
Como de costumbre, haces que me pierda en la profundidad de cada una de tus palabras. Imagino la luz de tu sonrisa y me da miedo la oscuridad de no tenerla junto a mí.
Ternura, romanticismo y dulzura desde el principio hasta el final. Y, sin embargo, tiene ese “toque” que sólo tú sabes darle. Mi dulce bestia.
27/01/2012 a las 15:19